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  • Lecturas verano 25: Uclés, Villacañas, Rendueles, WuMing, Magri, Lindqvist y Thomas.

    Pues nueva plataforma, después de que Typepad, donde ha estado albergado casi 25 años Divergencias, cerrase: bastante duró. Progresivamente iré trasladando aquí los post anteriores que entienda que tienen cierta pertinencia y no me avergüencen demasiado en perspectiva (lo haría del tirón, pero resulta que WordPress, después de haberlo configurado, me dice que no puede importar desde Typepad).

    Bueno, al tema, lecturas de un verano con bastante relectura. Empezamos por lo novedoso.

    La península de las casas vacías, de David Uclés. Por lo que veo alrededor, el libro del verano. A ver, el autor y el narrador, que se hacen notar a lo largo de todo el libro, caen majos, el libro es tan ambicioso como juguetón, logra insertarte en su mundo, su repaso fantástico de las geografías íberas es estimulante (bordeando la saturación como recurso), su juego de crear extrañezas con alimentos, tradiciones, sentidos, emociones, animales y su inserción en lo cotidiano y normalizado se hace maravillosamente natural, acompañado a su vez con el  rol de contraste que ejercen con fuerza expresiva las citas textuales de protagonistas de la Guerra que aterrizan de vuelta a la realidad, algunas escenas de dolor son tremendas en su descripción (el regreso pausado al hogar de Odisto, su progresiva toma de conciencia)… Vamos, casi, casi, casi todo bien.

    El libro tiene, sin embargo, un muy relevante pero: y es que, aunque el narrador se hace ver en su conversación con Franco como algo así como “progresista”, el libro tiene un fuerte aroma a la fantasía de la Tercera España, a la relectura de Manuel Chaves Nogales, al “hermanos en conflicto” (la resolución de la relación entre Paulo/Pablo/Paolo/Pablito y José la ve venir hasta un lector tan relajado como yo, que nunca hago esfuerzos por anticipar la evolución de personajes y relaciones). Es particularmente evidente en los diálogos con carga política, con una simpleza de tercero de primaria: simpleza que huele a intencional, porque el resto del texto es de todo menos simple, es enormemente brillante, de manera que no puede ser casual su pobreza cuando se adentra en lo político.  Dicho esto, es un libro recomendable: la combinación de su ambición y enormes dosis de talento lo justifican. No es el libro que hubiera querido leer, pero es un libro que me gustó leer.

    Neoliberalismo como teología política. Habermas, Foucault, Dardot, Laval y la historia del capitalismo contemporáneo, de José Luis Villacañas. No soy de subrayar libros, pero este era de los que lo merecían, en ambas posibles acepciones de merecer (mérito y castigo). Mérito porque el libro, particularmente conforme avanza, es una explosión permanente de ideas que retener y extrapolar a otros ámbitos. Castigo, porque es cierto que no hay apenas concesiones al lector, la redacción es compleja y exigente y el subrayado es casi una necesidad para el procesamiento de la información. Recomendación de personita querida y admirada a la que me lancé… sin darme cuenta de que ya había leído a Villacañas justo el verano pasado, su La Revolución Pasiva de Franco. Escribir un libro como este, o como La Revolución Pasiva, impresiona. Publicar los dos, distintos en temática y campo de conocimiento, y con un par de años de diferencia entre ellos, me parece increíble. Neoliberalismo como… empieza casi por una esquina del tablero (lecturas alrededor de cursos de Foucault y su relación con el “ordoliberalismo” alemán) para coger cada vez mayor y mayor vuelo, hasta desplegarse abordando la genealogía y actualidad de casi cualquier fenómeno de la realidad (UE, soberanía, digitalización, consumo, la producción de subjetividades y la legitimación de la obediencia, las precariedades…). Algunas de sus consideraciones (el rol de los estudios culturales) no las comparto, pero faltaría considerando el rango tan amplio de ámbitos que abarca. Siendo pre-pandemia (justo su post-scriptum incorporado al respecto no es lo más poderoso del libro, además de introducir algunos giros analíticos interesantes en sí pero no sé si totalmente coherentes), su vigencia es altísima. Pienso reutilizar buena parte de lo aquí leído (eso sí, habré de volver de nuevo, armado de lápiz) como marco para estructurar ideas.  

    Comuntopía: Comunes, postcapitalismo y transición ecosocial, de César Rendueles. En cierta medida, el libro de Rendueles arranca donde finaliza el de Villacañas (aunque mi proceso de lectura fue al revés: leí a Villacañas poco después de terminar Comuntopía). El libro de Villacañas es poderosísimo en su análisis, pero su cierre propositivo es débil, apelando a la tradición de los Comunes: quizás la lectura del libro de Rendueles, mucho más detallado, rico y matizado en esta temática específica que es su objeto, me deja la sensación que Villacañas encuentra en los Comunes un espacio/eje de trabajo porque necesita, como necesitamos casi todos, un horizonte tras en su cierta medida desesperanzadora lectura de la realidad de subjetividades devastadas por la hegemonía del neoliberalismo desplegado en su alcance actual, pero no procesa en detalle las tradiciones, complejidades y límites del universo de los Comunes. De hecho, en el postscriptum del libro, que como digo se centra en la vivencia de los primeros meses de pandemia, la apuesta va más por el Estado que por los Comunes. Finalmente, por no reseñar Comuntopía solo en relación a Neoliberalismo como… , señalar como Rendueles escribe un libro lúcido, detallado y matizado sobre la potencia, trayectoria y utilidades políticas actuales de los Comunes, encuadrando con realismo su pertinencia, oportunidades y ámbitos.

    OVNI 78, de Wu Ming. Lectura un poco forzada para evitar demasiado ensayo, y Wu Ming es siempre garantía: el largo 68 italiano, Aldo Moro, Brigadas Rojas e incluso un par de chispas de Battiato, ingredientes para el enganche, pese al marco del mundo OVNI, ufología… temáticas que, como todo el universo conspiranoico, siempre son fuente de pereza. Me costó entrar pero finalmente quedé enganchadísimo.

    Y a partir de aquí, las relecturas:

    El sastre de Ulm, de Lucio Magri. Tercera relectura inducida como resultado de OVNI 78. Y porque no he encontrado en casa el increíble libro de Brigadas Rojas de Mario Moretti (aunque se presenta como tal, las autoras son más bien Rossana Rossanda y Carla Mosca, que entrevistan al antiguo líder de las BR), que hubiera caído por cuarta vez. Lo releeo porque me parece un gran libro, su modelo de análisis (global geopolítico, de ahí a lo económico/estructural del país y finalmente político) me parece un ejemplo de cómo entender la realidad … pero es verdad que a estas alturas es pura arqueología morbosa, su pertinencia para entender lo actual es muy bajo. Lo que me lleva a compartir otra reflexión veraniega: y es que cómo ha envejecido todo… Quiero decir: toda una cosmovisión del mundo (los países de Occidente como actores integrados, Israel como heredero de una legitimidad moral, el rol de los medios de comunicación… por decir tres cosas que podrían ser 100), el contexto “natural” del mundo cultural y reflejado en sus expresiones (libros, películas…) han envejecido  radicalmente y están insertas en unos marcos inexistentes que hacen que al leer o ver esos productos culturales todo chirríe si tratas de consumirlo de una forma que no sea un distanciamiento temporal y cultural absoluto. Yoquesé, todas las películas sobre la IIGM&Holocausto, la Guerra Fría o Todos los hombres del presidente… parecen ya tan lejanas como las del Oeste.

    Historia de los bombardeos, de Sven Lindqvist. Quizás porque es un libro que en parte aborda las conspiranoias, las justificaciones ideológicas del racismo, el atractivo para ciertos varones de las fantasías del colapso y el rol de las narraciones culturales (interesante cómo el fascismo USA setentero y ochentero convirtió en referencia algunas obras de la ciencia ficción underground), no sufre tanto el envejecimiento citado. Me acerqué de nuevo a este libro como base para tratar de escribir sobre el bombardeo de Chefchaouen, –la primera vez que se realizaron bombardeos sobre población civil en ciudades no militarizadas- del que se cumplen 100 años sin apenas referencias en prensa mientras que nos toca asistir a una revisión claramente interesada del mismo aniversario del desembarco de Alhucemas. En el libro de Lindqvist se recoge que el bombardeo fue impulsado por el ejército español, que lo “subcontrató” a sus aliados franceses, que a su vez lo encargaron a una patrulla aérea de mercenarios estadounidenses: lo que sería un modelo que acabaría por reproducirse 12 años después contra Gernika, en ambos casos contra una “ciudad sagrada” para pueblos que cuestionaban su españolidad. El caso es que no se puede acceder a la fuente original de Lindqvist a través de Internet, y en los textos que he encontrado aunque aparece con frecuencia la misma narración que en Lindqvist, hay en ocasiones en que no se cita el rol español y aparece como una iniciativa completamente francesa, así que dejé el artículo sin escribir. En cualquier caso, una vez que arrancas el libro, vuelves a engancharte así que me lo releí por completo.

    La conquista de México, de Hugh Thomas. Ando echando un poco de menos México, y este libro más a mano que tenía. 900 páginas que echan un poco para atrás, más aún siendo relectura, pero finalmente volvió a caer entero. Lo más interesante me ha resultado la “perspectiva española”: cómo para Carlos V durante bastante tiempo las Américas le resultaron irrelevantes, inmerso en las revueltas de los comuneros y los desafíos europeos de su Imperio, la debilidad de la expansión española en las Antillas y el riesgo que, hasta la conquista de México, tuvieron de ser ignoradas las posesiones americanas desde la Corona. 

  • Lecturas 2024: Graeber, Tom Holland, Padura, Auster, Isaacson sobre Musk, Linebaugh y Rediker, O´Farrell

     
    Un año sin escribir en el blog (tampoco es que antes llevase un ritmo trepidante de actualización), un año complicadito de pocas lecturas (puestas todas juntas parece otra cosa, pero muy ligero en relación a otros años). Allá vamos. 
        
    – Elon Musk, de Walter Isaacson. Qué asco he cogido a este libro. Casi más que al personaje, al biógrafo. ¿Y qué hago leyendo esta basura? Hay regalos que son más una agresión que un regalo (si quién lo regaló me lee: en fin, amigo, en fin, se te quiere, pero vaya regalito). Y este es uno de esos casos. El otro motivo es que hay que conocer al enemigo (Musk, llevo años con ello, al igual que Bezos, Thiel o Zuckerberg, es enemigo de la humanidad). En resumen: es un libro cobarde. El biógrafo, que estuvo autorizado a acompañar al biografiado durante un tiempo largo, es perfectamente consciente de numerosos ejemplos de inhumanidad de Musk, ya que los narra: serían comportamientos que harían a cualquiera merecedor de términos como traicionero, agresivo, matón, dispuesto a destrozar la vida de terceros sin reparos, con comportamientos que dañan tanto a individuos concretos como a grupos – un 30% de accidentes laborales más en sus fábricas que en otras comparables-. Y con todo ello, no es capaz de adoptar ninguna perspectiva moral y si adopta alguna es la de ser comprensivo: o bien porque al parecer Musk sufrió bulling de chaval y su padre era otro matón, o bien porque al parecer ser un capullo es el peaje para poder avanzar en sus ambiciones. Respecto al primer aspecto, si te han hecho bulling, pues o te pegas un tiro o recurres a herramientas para sanarte pero no haces bulling a los que vienen detrás. Sobre el segundo, la Humanidad hará coches eléctricos o irá a Marte, o no lo hará, al margen de la voluntad de Musk, lo que ocurra ocurrirá con él o sin él: será porque sea posible gracias a que la tecnología lo permitirá, porque un grupo de interés se beneficie y porque millones de individuos trabajen y aporten de mil maneras distintas su talento y esfuerzo para ello… Los procesos históricos son procesos que transcurren al margen de voluntades particulares: estás las pueden empujar mínimamente y acelerarla de un manera ínfima, quizás a lo sumo una personalidad puede darle cierto aroma (como la de Lenin se la dio a la revolución rusa o De Gaulle a la V República). Si esto último es cierto, el aroma que desprende Musk es el de un psicópata narcisista que emponzoña allí a donde se acerca. Podríamos llegar a Marte o tener coches eléctricos sin ese olor a mierda que acompaña lo que este señor toca. La biografía, por cierto, finaliza antes del idilio con Trump y de la defensa (aún más) explícita de la ultraderecha que ha realizado Musk en 2024 (joder, es que defiende a ultras ingleses y alemanes de los que se han desmarcado gentes como Farage o LePen). Leyendo la biografía era evidente que Musk acabaría aquí, y si lo es para el lector, lo sería también para el biógrafo: ¿qué excusa cobarde pondría Isaacson para justificar lo que seguro él vio venir?    
     
     - La hidra de la revolución, de Linebaugh y Rediker. Bueno, bueno, bueno. Qué libro, vaya maravilla. De compleja lectura (será la traducción, será el estilo de los autores, será las referencias a las distintas ramas del protestantismo, con los implícitos que entiendo que tendrá cada una y que me resultan ajenas), acabé finalmente enganchado y pensando en sí sería viable reproducir algo así en la esfera hispanohablante. El ejercicio viene a ser algo así como reconstruir una historia paralela de los siglos XVII y XVIII a través de los procesos de resistencia en diferentes planos (la lucha contra el cercamiento de los comunes, las revueltas irlandesas, la disidencia religiosa, el enfrentamiento y la huida de la esclavitud, la piratería y sus normas, las experiencias de autonomía de los cimarrones) y la interacción, retroalimentación e incluso complicidad entre todas ellas, desbordando el plano nacional y entendiendo de manera unificada el universo atlántico (eso sí, excepto casos específicos, con una mirada eminentemente anglo). Todo ello, usando para cada momento&espacio referentes (Solomon Northup, Masaniello, Robert Wedderburn, Olaudah Equiano… ) que de alguna manera pasan a ser parte del acervo compartido de todas esas cabezas de la hidra revolucionaria que el poder no logra extirpar, poder cuyas prácticas, discursos y temores también se analizan. Tras acabarlo, de entre otras muchas, dos cosas me llaman particularmente la atención. En primer lugar, enganchando con el siguiente libro (En deuda, donde se cita también con frecuencia), el modo en que la institución (o la fantasía de su recuerdo) del Jubileo, esa figura citada en el Deuteronomio por la que las deudas se anulaban cada 7 años, ha estado siempre presente en las utopías igualadoras. En segundo lugar, si podría hacerse algo parecido en el ámbito hispano o al menos español: una especie de la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, pero esta vez no para tratarlos de herejes y antiespañoles. Me surge esta idea en relación a diferentes cuestiones que estoy leyendo sobre el ejército español, caracterizado siempre por la desconfianza de sus mandos en relación a los soldados no profesionalizados, muy evidente en el caso de Franco, y que se enraiza al menos en las revueltas contra los reclutamientos para las guerras de Marruecos, el pronunciamiento de Riego y las guerrillas de la Guerra de la Independencia, donde el pueblo alzado en armas que defendió al país tras la traición de la Monarquía no fue reconocido luego como ejército regular. Ojalá alguien haga, o quizás ya se haya hecho, una historia de las resistencias en la Iglesia y el ejército español.   
    Un reseña más completa y experta del libro, aquí   
     
    – En deuda, una historia alternativa de la economía, de David Graeber. Junto al de Linebaugh&Rediker, la gran lectura de ensayo del año pasado. Arranca de una evidencia antropológica: la fantasía de Adam Smith sobre el origen del dinero (aquello de que el dinero es un método de intercambio que emerge cuando hay una cierta complejidad que hace imposible comparar directamente bienes con bienes) no tiene ningún sustrato antropológico (tampoco tiene sustrato empírico la curva de Laffer, y da igual, el liberalismo realmente existente es impermeable a la realidad… porque su rol no es entenderla, es justificarla). La mixtificación de Adam Smith no ha encontrado evidencia histórica en ningún tipo de sociedad. A partir de ahí, desarrolla una visión alternativa del origen del dinero (simplificando enormemente: el dinero nace del registro de la deuda, e incluso de la "comercialización" de la deuda, estando asociado por tanto al poder y no al intercambio) y desde ahí de la evolución de la economía. A partir de aquí (que es casi el principio) el libro deja de ser redondo: tiene aristas, se entrampa, se atasca en ejemplos de detalle que no hilan claramente con la tesis principal, no tiene una apuesta de cierre… Y sin embargo, es un libro que acabaré releyendo por lo nutritivo que resulta. Específicamente, más allá de la tesis principal, señala Graeber una distinción de 3 órdenes morales que me resulta de enorme interés (y utilidad) para entender buena parte de la complejidad social: la diferenciación entre lo que llama "comunismo cotidiano" (esa guía moral de la interacción cotidiana que remite a aquello de "a cada uno según su necesidad, de cada uno según su capacidad", y que hace la vida soportable), el orden moral de las relaciones de intercambio (donde la expectativa es de transacción equilibrada) y el orden moral de las relaciones de jerarquía (estos espacios donde el desequilibrio es la expectativa natural, con lo que implica). La confusión cotidiana entre los 3 órdenes (cada uno dominante o "espontáneo" en según qué sociedades pero también en los diferentes planos sociales y aplicables o no según los grupos de referencia) creo que explica buena parte de los desajustes de expectativas morales que nos desorientan en el día a día. 
    – Dominio, Tom Holland. Ufff. Yoquesé, vamos a ver. Holland es un historiador de lectura ágil, divulgador, pero no lo catalogaría como un historiador de las ideas ni tampoco un autor que habitualmente sostenga tesis fuertes, entendiendo tesis como el ejercicio de justificar una perspectiva fuerte que dé cohesión, o hacerla emerger, de los recorridos históricos que realiza. Evidentemente, hay cierto pegamento en sus libros y una cierta unificación narrativa (la sombra del milenarismo en Milenio, la construcción de cierta idea de Occidente como reacción en Fuego Persa, ni siquiera eso en Rubicón, casi una sucesión de momentos) pero ni son tesis fuertes, ni entra en polémicas con otras alternativas, ni la redacción de sus libros están orientadas a defender&justificar su perspectiva. En el caso de Dominio, sí hay una apuesta fuerte explícita, más bien dos, y una implícita. Las cuestiones explícitas que plantea son 1) si el cristianismo ha configurado el mundo de hoy por encima de otras tradiciones (el mundo grecorromano, por ejemplo), 2) si se ha evaporado ya su peso a estas alturas. Y la 3) diría que no tan explicitada pero sí arrastrada, es si esa influencia ha sido positiva. Y a las tres contesta afirmativamente. Desde mi perspectiva, la respuesta a la primera pregunta es bastante evidente: sí, cualquier otra alternativa quedó subsumida y nos llegó a través del cristianismo, así que sí, somos más cristianos que herederos de la Antigüedad. La segunda (su presencia actual): pues por un lado es poco relevante, y por otro, depende de donde pongas el foco. En algún momento, el modo en que argumenta el autor a favor de la respuesta afirmativa – sobre todo cuando se acerca a la época contemporánea- da cierta vergüencita. Por ejemplo, hablando de las manifestaciones del #MeToo, afirma que: "En el #MeToo estaba implícita la misma llamada a la continencia sexual que había resonado a lo largo de la historia de la Iglesia". Vamos a ver: pedir respeto al propio cuerpo y defender el consentimiento no es ninguna llamada a la continencia. En bastantes ocasiones, mi sensación es que el libro se pierde tratando de "rascar" continuidades arbitrarias que, además, por el grado de detalle, en el fondo no son relevantes. Y aquí llega la tercera cuestión: ese carácter "beneficioso" del cristianismo. Una línea para afirmar esa positividad son los múltiples ejercicios de rescatar ejemplos "positivos" a los que atribuye raíz cristiana (Merkel, demócrata cristiana vs Orbán, en origen ateo; Spinoza; el afán liberador del marxismo). En general, esa línea resulta forzada y/o evidente (si durante 1500 años tu religión ya se ha ocupado de ser prácticamente exclusiva  en los territorios que han dado forma a la Modernidad, es fácil y casi irrelevante rescatar algo "positivo"). Más potente es recalcar aquello que caracteriza al cristianismo y que no puede reconocerse en la misma medida en el pensamiento clásico ni en otras religiones. Simplificando, sería 1) la separación entre Estado (imperio) y Religión: esto, que más que un rasgo de origen es más bien el resultado de una combinación de fuerzas específicas en un momento dado (la Humillación de Canossa), dió pie a la secularización, una resultado que no diría que ha sido particularmente respetado ni querido por los cristianos, menos aún entre los católicos 2) Más relevante, el tratarse de una religión construida desde la mirada de los débiles: "Y así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos". Los pobres heredarán el cielo y el Salvador murió de la manera más humillante. Esta perspectiva/rasgo sí me parece diferenciadora 3) finalmente, la universalidad de su mensaje y público: no una religión para un pueblo, más bien se construye (e invita) el pueblo desde una ambición universal de partida. "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús", escribió San Pablo. Más allá de las innumerables veces que los cristianos y sus instituciones han traicionado los dos últimos principios (respeto del débil y universalidad de la Humanidad), lo cierto es que es una pregunta imposible de contestar en qué medida hubiésemos dado suficiente protagonismo a ambos principios sin el cristianismo, o si el cristianismo ha sido un lastre o un acelerador de ambos. Para Holland la respuesta es la segunda, y tiendo a compartirlo.  
     
    – La distancia que nos separa, de Maggie O´Farrell. Estoy con O´Farrell como estuve hace ya muchos años con Paul Auster, Saramago o Richard Ford: echadme lo que queráis, que me lo leo. Y de momento, no he llegado al empacho que tuve con los restantes. De la mano del boom tras su Hammet llegó el momento en que se traducen libros previos a su éxito: La distancia que nos separa es uno de ellos, y si no fue el libro que descubrió a O´Farrell por algo sería. Las historias no se ensamblan con la naturalidad que encontraremos en otros de sus textos, la madurez y el atractivo de de los personajes es menor, pero da igual: también aquí los protagonistas se encuentran entre la calidez y el misterio, aquí también la experiencia de lectura (no la trama, no los personajes, la experiencia que te genera la lectura) resulta ser una lectura dulce, que te dulcifica, que te hace la experiencia amable y sugerente. La relación de amor central de La distancia que nos separa podría ser perfectamente una película tiernita pero bien ejecutada de Hugh Grant y Emma Thompson, pero con un punto más alto de riqueza de los personajes y una textura visual iluminadora. Y con eso basta. 
    – Mr. Vértigo, de Paul Auster. Hablando de Auster, aquí reaparece, consecuencia de no tener a mano nada que leer en lugar ajeno durante un tiempo. Y si bien recordaba el libro con enorme cariño, casi mágico, no logró reproducir, como era de esperar, el recuerdo. Mr. Vértigo, el personaje, de pronto me resultó un repelente que, por estas cosas raras que tiene la cabeza, me evocaba a Oskar, el protagonista de El tambor de hojalata. 
    -  El desierto blanco, de Luis López Carrasco. En novela, la mejor lectura reciente. Empieza fascinante y jugón, desconcierta en algún momento (llegando a pensar que flojeaba, pero no fue la sensación final) y cierra en lo alto. Y a la vez, no cae en el riesgo de ser ampulosa, efectista o distante, tan típico de la literatura española contemporánea: quizás no lo es por ser transparente en sus manías y sus espacios. Aprovecho para decir que del autor hay que verse (es cineasta también) El año del descubrimiento. 
     
    – El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Quitando algún pellizco un poco fuera de lugar a La Pasionaria que parece más bien parte de un ajuste de cuentas general, un gran libro. De los 3 planos en los que trabaja (el narrador cubano, Trotsky y Ramón Mercader) se me hace más lejano el narrador, con una presencia que hace avanzar pero en sí mismo apenas aporta (entiendo que tiene que ver con mi mirada y que si fuera un lector cubano sin duda encontraría más claves), interesante Trotsky e interesantísimo Ramón Mercader. El mosaico que acompaña (Siqueiros, Sylvia Ageloff, Frida, Caridad, la esperpéntica madre de Mercader…algunos tratados en detalle, otros apenas por encima) transmite una densidad vital tremenda.